Defendiendo la realidad cubana

Diario de un médico cubano en Perú XVI: pisco y verso

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Por: Mario Héctor Almeida Alfonso

Cada día somos testigos y protagonistas de aciertos y desaciertos propios de esta cruzada sin precedentes en la historia inmediata de la humanidad (Foto: Cortesía de la brigada)

El sur, el norte y La Caleta son tres puntos de la geografía chimbotana en los que trabajamos codo a codo los profesionales de la salud del Perú y Cuba. Cada día somos testigos y protagonistas de aciertos y desaciertos propios de esta cruzada sin precedentes en la historia inmediata de la humanidad… y siempre con un objetivo supremo y único: salvaguardar vidas humanas.

Hace ya unos días que, por indicaciones de la dirección de la Red de Salud Pacífico Sur, un grupo de galenos y licenciados en enfermería se trasladaron hasta territorios algo distantes de la capital distrital, Chimbote. El conjunto de cubanos, compuesto por cinco médicos –todos especialistas en Medicina General Integral (MGI)– y tres licenciados en enfermería, se integraron a psicólogos, nutricionistas, licenciados en laboratorio clínico, enfermeras y médicos peruanos para desarrollar la tarea.

El especialista en MGI, Jorge Rafael Benítez Sotomayor, comentaba que a diario se atienden alrededor de 200 pacientes, a quienes se les realiza pruebas o test rápido para detectar la Covid-19.

El conjunto de cubanos, compuesto por cinco médicos y tres licenciados en enfermería, se integraron a psicólogos, nutricionistas, licenciados en laboratorio clínico, enfermeras y médicos peruano (Foto: Cortesía de la brigada médica)

Cuando resultan positivos pero no existen signos de alarma, se les entrega todo el tratamiento gratis y se les explica cómo han de llevar su aislamiento para no contagiar a otros miembros de la familia. Posteriormente, reciben una valoración integral por psicología. Los casos negativos son inmunizados con la vacuna contra el neumococo y la influenza. También se les valora integralmente y reciben medicamentos para otras patologías crónicas detectadas en el tamizaje.

La experiencia profesional se une a la suerte de conocer diferentes sitios de la geografía peruana. Durante la última semana, han visitado lugares como San Jacinto, Huarmey, Culebras, Yautan, Cachipampa, Comandante Noel y Moro.

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La localidad de Moro, del valle de Guambancho, es conocida por los cultivos de caña de azúcar y de vid. Desde épocas coloniales gozan el privilegio de fabricar el mejor aguardiente de uva del Perú, de lo que se agarran los lugareños para afirmar que también el mejor del mundo.

Este aguardiente de uva de fermentación exclusiva de mosto selecto es destilado en alambiques artesanales. El licor, –pisco peruano–, ha recibido el nombre de Morino Pisco de Moro y tiene estrecho vínculo con la naturaleza del suelo y el clima donde se cosecha y elabora.

Desde el puerto de Santa, durante la colonia, se exportaban este y otros productos locales hacia Valparaíso, Panamá, Guayaquil y España. A Moro, poblado entre montañas, los colegas lo describen como un lugar de belleza impresionante.

Moro, un lugar de belleza impresionante (Foto: Cortesía de la brigada médica)

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Adilia Gordillo Ramírez llegaba el sábado último a la emergencia del hospital La Caleta en franco shock hipovolémico. La paciente, con padecimiento renal crónico desde hace años, traía un lecho vascular colapsado por lo que el abordar una vía venosa resultó toda una odisea. Durante algo más de una hora, intentamos hasta que al fin se logró. La reposición de volumen resultaría efectiva y en la noche ya lograba tensión arterial.

En el turno siguiente, la carismática anciana nos esperaba sentada en su lecho.  Luego de examinarla y valorar su extraordinario poder de recuperación, agradecía a Dios y a los médicos por regalarle un día más de vida. Muy pronto conocimos que provenía de un lugar llamado Samanco, comunidad de pescadores, en cuya bahía su padre le había enseñado a nadar con solo 4 años.  Su afición por el mar nunca la abandonó y solo dejo de entrar en sus aguas desde hace aproximadamente un lustro.

De niña, siempre nadó hacia las profundidades. Allí, junto a los lobos marinos y delfines, pasaba las horas, bajo el reproche de muchos coterráneos que predecían el accidente que nunca ocurrió.

Adilia defiende a la madre naturaleza y alega que esos animales son inofensivos si no se les ataca o agrede. Cuenta que su padre trajo dos pingüinos que entraban y salían del agua junto con ella. Estas aves marinas permanecieron en su casa por más de diez años y fungieron como fieles guardianes de su seguridad.

Una mujer pequeña de estatura, con voz pausada, declamadora y poeta, que participa en cuanta actividad cultural sea invitada. Disfruta de lo que hace con pasión. Cuando le expresamos que por ser el día de su cumpleaños 76 –y no existir razón para permanecer más tiempo hospitalizada– le dábamos el alta, sus negros ojos se iluminaron con más vigor y nos regaló su arte como despedida.

(Tomado de Cubahora)

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