Defendiendo la realidad cubana


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Por:  José Manzaneda

Cuba ha enviado, en seis décadas, más de 400 mil cooperantes de la salud a 164 países (1). Durante esta pandemia, 3.800 han ayudado en 39 naciones, salvando más de 12 mil vidas (2) (3). No existe, en la historia, otro ejemplo similar de cooperación médica internacional masiva.

Pero ¿qué leemos sobre ello en la prensa? ¿Las historias de vida de estas decenas de miles de personas, sus experiencias de dedicación y altruismo en selvas o favelas, sus reflexiones sobre la solidaridad, la pobreza o la injusticia? Ni una.

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(Tomado de Cubadebate)

La Revolución Cubana ha vivido bajo asedio permanente: militar, económico, financiero, comercial, mediático. El imperio estadounidense ha sido implacable contra el pequeño archipiélago que ha mostrado que se puede ser digno y con principios en este mundo.

Todo ha sido probado contra Cuba. Especialmente, y de manera feroz, el terrorismo que mutila y mata. Una política de Terrorismo de Estado iniciada poco después del 1 de enero de 1959, cuando EE.UU. abrió las puertas a la pandilla de criminales, torturadores y malversadores que salieron de Cuba y fundaron su redil en Miami, cuna y germen de la mafia terrorista anticubana. Repugnantes asesinos y torturadores como Esteban Ventura, Pilar García, Orlando Piedra, Hernando Hernández, Julio Laurent, Lutgardo Martín Pérez, Ángel Sánchez Mosquera, Rolando Masferrer, Conrado Carratalá, Merob Sosa, Alberto del Río Chaviano, Leopoldo Pérez Coujil, Irenaldo García Báez, José María Salas Cañizares y muchos otros, y desvergonzados ladrones como algunos de los principales colaboradores políticos del dictador Fulgencio Batista, encontraron inmediata o posteriormente apacible refugio en los Estados Unidos.

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La Revolución en pie, el castigo peor para los terroristas Fotocomposicion de Carlos M Perdomo
Foto: Fotocomposición: Carlos M. Perdomo

¿Qué pensamientos, qué imágenes, qué sensaciones poblarían sus memorias, minutos antes de la explosión?: ¿La patria añorada? ¿La Habana ante los ojos que la admirarían desde las ventanillas del avión, cuando descienda a la pista…?

A la espera, tal vez sonrisas, abrazos, el beso de unos labios que aguardan temblorosos… Acaso en la Isla las miradas delataban quién sabe cuánta ansiedad, anunciando episodios de orgullo materno, del gritar, al recibirlo, «ese es mi hijo campeón».

Pero la frase fue ahogada por la tragedia. En suspenso quedaron las inocentes caricias, el deseo de saltar al cuello del papá, y contarle las cosas que aprendió los días que estuvo fuera. Nunca pudieron decirlo, ni aquellos escucharlos. ¡Cuánta ternura inconclusa! ¡Cuánto anhelo asesinado!

Y allá arriba, a unos 6 000 pies de altura, sobre el mediodía del miércoles de Barbados, ¿qué planes, qué esperanzas alimentarían las conversaciones antes del desenlace?

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